Mandrágora

Colección de narrativa y poesía
que abre puentes entre épocas, 
lenguas y culturas lejanas, recorriendo 
la malla de la tradición. El empeño 
es probar la resonancia que liga las 
voces en un solo movimiento.

La madrugada del 9 de septiembre de 1898, tan sólo unas horas antes de morir, casi vencido por la fiebre y el asma, Stéphane Mallarmé, el más grande poeta de su tiempo, soñó por última vez. 

 

Soñó que bogaba en una barca sobre el cauce apacible de un río del que no lograba recordar el nombre. Su olvido lo inquietó, pues muy cerca de la orilla podía notar los muros disimulados por la hiedra y el techo de tejas rosadas de la pequeña casa de campo de Valvins en que, desde hacía muchos años, solía retirarse a veranear.

 

Era un mediodía templado. Mallarmé disfrutaba como nunca antes del aire fresco que le invadía el rostro, bañándole los ojos y la boca, donde se confundía con su respiración cadenciosa y sosegada. Conducida por aguas mansas, la barca fluía muy despacio delante de un paisaje de huertos y jardines solitarios. 

 

De cuando en cuando, aparecía algún bote

a la deriva o varado bajo la pesada copa de

un sauce.

Mallarmé advirtió de pronto que, desde un embarcadero cercano, una figura incierta trataba de llamar su atención, haciendo señas con el brazo, indicándole que se acercara. 

 

Cuando arrimó la barca al muelle, distinguió a un niño rubio vestido de marinero que le sonreía mirándolo muy fijamente. Sin decir una palabra, el niño abordó la barca de un salto y tomó asiento frente a él. Sólo entonces, Mallarmé reconoció a su hijo Anatole, muerto hacía casi veinte años. 

 

–Anatole, mi querido Anatole —dijo

Mallarmé—, qué alegría verte de nuevo,

al fin has vuelto.

 

Por toda respuesta el niño se llevó un dedo a los labios, dándole a entender al padre que debía guardar silencio.

 

La barca reanudó su tranquilo curso aguas abajo...

 

(Fragmento del epílogo de Adolfo Echeverría)


                                                     < atrás